martes, 9 de junio de 2015

Semper acqua



Volver a nadar en las piscinas municipales de El Masnou podría resultar un asunto prosaico (la piscina como algo higienista y recomendable, especialmente para embarazadas). Sin embargo, en mi caso es algo que alcanza una dimensión mucho más amplia que quisiera hoy explicar.

Hay acciones que acaban resultando míticas por sus repeticiones, por sus eternas variaciones pero también por el estado invariable al que conducen. Y para mí el agua siempre ha resultado un volver al punto de inicio, al estado receptivo donde la mente está clara y el cuerpo flexible y alerta, dispuesto a inventarse de nuevo.

En esta piscina comencé mi afición a la natación libre, hace ya unos... ¡veinte años! Y en esta piscina vuelvo a encontrarme hoy. Dos situaciones tan distintas y sin embargo, tan similares: entonces venía a nadar con mi padre al anochecer, mientras mi madre nos preparaba la cena. Y ahora vengo a primera hora de la mañana, después de desayunar, con Emma en mi vientre. 

Cuando empecé a nadar aquí, siguiendo la afición paterna, yo estudiaba COU, la cabeza me bullía de ideas, de datos, de aprendizajes de literatura, filosofía... Toda yo era un amalgama de afán de saber, de incertidumbre futura; necesitaba nadar para desenredar la madeja, para aligerar mi cabeza de datos ajenos y sentir que era yo la que conducía el barco... Por aquel entonces, hubo una película, "Azul", de mi tan admirada Binoche, que me hizo asociar la piscina aún más a ese intersticio de libertad, ese momento donde una asume que está sola y lo hace sin trabas, sin autoengaños. Después continué viniendo a nadar regularmente mientras estudiaba Filología e iba y venía de Barcelona. Tras cada nuevo reto, tras cada desengaño, ese nadar me enseñó que era posible convocar las aletas y alas propias cada vez que uno quiere. Nadar de frente y penetrar en la libertad anhelada. Nadar de espaldas y dejarse llevar sin miedo como si se volara en el agua. No admitir bajo ningún pretexto no saber volar, eso era el lema. 



Entre ese nado y el de hoy han pasado muchas piscinas. He vivido en diversos barrios de Barcelona y nadado en todas sus piscinas correspondientes: en la piscina de Frontó Colom, en la parte baja de las Ramblas, donde reducía la ansiedad por unas decisiones sentimentales que  parecía iban a resquebrajarlo todo; en la piscina de la calle Perill, de Gracia, donde combatía mis primeros demonios laborales y los mantenía a raya; y durante unos cuantos años nadé en la piscina Aiguajoc Borrell, cerca de Sant Antoni, donde pude aprender las dichas de nadar en compañía (y regalarse una buena cena japonesa después), y también logré ir desenredando el hilo de mis preocupaciones intelectuales y creativas hasta darles un sentido. También dediqué un tiempo breve pero inolvidable a nadar en la piscina Can Ricart, en el Raval, no lejos del Gótico en que vivía. En aquel lugar pude entretener la espera de un embarazo que iba unido a demasiados cambios al mismo tiempo... y donde todo se agolpaba en un nudo inquietante del que sí pude desembarazarme, cómo no, en el agua. Atreverme a ese último e inopinado cambio de piscina en la ciudad Condal fue el preludio de una nueva etapa donde por fin dejarían de darme miedo los cambios de nuevo. 

Y heme aquí de nuevo viviendo en El Maresme como en los inicios y nadando en mi vieja compañera piscina. Aquí he venido a nadar con Alicia en sus primeros meses, luego en su primer año de vida, luego en su segundo, y he compartido con ella las alegrías del descubrimiento, los miedos que luego se convierten en entusiasmos. Pero no ha sido hasta ahora, esperando a Emma, que me he decidido a volver sola (si a esto se le puede llamar sola).

Han pasado tantas cosas pero todo sigue siendo lo mismo. Me sumerjo en el agua y todo aquello pensado y vivido deja de pesar. Me reconcilio con la idea de lo pasado y lo venidero. Nada y todo importa.

No es fácil estar embarazada de nuevo. No todo es la magia de la dulce espera como rezan las frases populares. Hay un ser que aún se siente uno, que tiene sus propósitos, sus ambiciones, sus deseos... Un cuerpo que roba minutos al tiempo, al del trabajo, la pareja, la otra hija... Y sin embargo esos ratos de soledad tan preciosos, en un minutero que ya señala la cuenta atrás, ya no son solo de una; algo en el interior recuerda que se está gestando, que alguien reclama ya su presencia; y quiere ser tenido en cuenta. Esos movimientos imprevisibles, esos dolores inoportunos están ahí, y no siempre resulta posible no vivirlos como un penoso obstáculo en las ruedas o alas.

Pero en el agua una vez más me es posible desenredar el ovillo. En el agua encuentro la posición óptima para desplazarme con ligereza, hasta agilidad. Mi vientre se recoloca, encuentra el modo de alojar a Emma con ternura y a la vez sin grandes sacrificios. Arqueo mi espalda, mi tronco para que ella pueda permanecer en paz en su cobijo. Dejo que las piernas se muevan con suavidad para albergar con cuidado la carga. Recupero la fortaleza de mis brazos, ellos sí totalmente libres para reconducir el timón, transportando a la pequeña Emma, y también haciéndose cargo de las inquietudes de su madre. Qué más dará lo externo, lo que piensen los demás, el reconocimiento. Serse uno, orientarse a uno mismo, saber sobrellevarse. Atreverse a seguir siendo.

El agua me recuerda que harán falta grandes equilibrismos pero que siempre estará el vuelo en mis manos. Siempre el agua. A ellas, a Alicia, a Emma, las iré acompañando, pero en el timón siempre  yo, siempre el agua. No necesitar nada más que este instante. O al menos poder acudir siempre al agua para revivirlo.

(Y, de regalo, os dejo una pieza del gran Preisner, de la película "Azul".)

Song for the Unification of Europe - Julie's version