martes, 15 de agosto de 2017

Días de agosto


Cuando tienes niños pequeños, la vivencia del tiempo libre cambia radicalmente. Y no digamos si además tus vacaciones coinciden totalmente con las suyas: tendrás todo el verano para aclimatar tu piel con su piel; para desear huir y a la vez sentir el privilegio de quedarte todos los días. No lo neguemos: anhelarás que lleguen los días de vacaciones totales para viajar en familia, redescubrir el mundo, ampliar la valentía en el agua, la distancia caminada en las montañas, la atracción por los museos y ciudades nuevas. Y también para darte un descanso de vez en cuando de tu función de madre, claro. Pero hay unos días diferentes. Aquellos en los que la pareja trabaja y te quedas en casa de vacaciones con tus hijas. Unos días donde podrás vivir tu casa con ellas y explorar de nuevo con ellas los espacios y darles un sentido nuevo. Unos días donde los alrededores de casa serán de nuevo unos terrenos para explorar con ellas, como cuando acababan de nacer una y otra. Donde recordarás quiénes son realmente tus amigos, aquellos que desean pasar tiempo contigo, aquellos que te abren la puerta de sus cotidianidades no marcadas también. Unos días donde a ratos tus hijas te sacarán de quicio porque quieren jugar cuando tienes que hacer la comida, porque te hablan cuando quieres escribir estas líneas; estas mismas las escribo mientras una de ellas juega con sus muñecos e inventa historias en voz alta y la otra juega a dar vueltas alrededor de mi silla. Pero unos días también donde reaprendéis a acoplar un universo a otro. Donde mucha gente se ha ido, donde no hay colegios, y en el páramo cotidiano quedan pocas distracciones, pocos condicionantes, y no tienes otro remedio que convivir en un mismo instante y tratar de hacerlo de la mejor manera posible para poder ayudarles a ser felices a menudo, para dejarles en medio de su rabieta a veces, para también hacerles entender que tú tienes algunas necesidades también, como por ejemplo nadar tranquila de vez en cuando o leer o escribir estas líneas.

A veces recuerdo vagamente la tranquilidad del mes de agosto o del domingo cuando era más joven, esa laxitud que invitaba a leer y a pensar pero que se combinaba también con un tedio absoluto, siempre esperando que sucediera un día algo extraordinario.
Ahora no espero que suceda nada. Tan solo mantener la mente serena como un lago donde ellas puedan bañarse y al lado del cual puedan también disfrutar cogiendo piedras o lo que sea. La felicidad se vuelve algo tan sencillo como salir de casa y acertar en la dirección adecuada según el sol o la sombra o la temperatura; conseguir que sus humores y los tuyos confluyan en algo alegre, la mayor parte posible de veces, haciendo concesiones, trenzando acuerdos. Te encuentras reviviendo cosas, correteando como un perrito o mirando la forma de las nubes con toda la atención del mundo. O contemplando el mar y sonriendo por la manera como les gusta salpicar con el agua de las duchas. O mirando cómo pintan o cantan o juegan haciendo ciudades mientras aprovechas para rascar  diez minutos de lectura intensa al vuelo.
Hay veranos y veranos. Hay viajes inolvidables. Hay momentos especiales en familia, o con amigos. Pero los momentos importantes, los realmente importantes, creo que son precisamente estos, en los que nos levantamos las tres chicas, miramos por la ventana, hablamos, e intentamos, sin muchas pretensiones,  hacer de nuestras horas una vivencia agradable, a la manera de cada una de nosotras.

viernes, 7 de julio de 2017

San Fermín sin Fermina (1921-2017)


He tenido la suerte de tener una padrina hasta los 96 años. Y que conozca a mis hijas, no solo una vez, sino que las haya ido viendo mientras crecían. (Aquí en la foto es cuando conoció a la pequeña Emma, hace dos años.) Y que hasta sus 96 años haya mantenido la lucidez; la capacidad de reflexión sobre el mundo cambiante; el interés por nosotros y por todo lo que iba sucediendo y cuantas historias le explicábamos y le explicaban; la intensidad de sus recuerdos y reflexiones.
Nos dejó la pasada noche de San Juan, cansada ya de aguantar tantos dolores y molestias.
Hoy, día de San Fermín, a falta de poder felicitarla, quiero dedicarle esta entrada.

Gràcies per haver estat present durant tots aquests anys, padrina. Per estimar-nos. Per escoltar-nos. Per tenir tanta paciència amb les molèsties que anava portant la vida. Sempre recordaré les coses que ens deies, i com miraves a les nenes: "tens dos tresors" "quins angelets" i a mi mateixa, amb amor d'àvia ("per tu no passa el temps" "tot ho fas molt bé") i amb quin somriure melancònic ens deies adéu cada vegada, sense saber si seria la darrera. El llegat teu quedarà en nosaltres, i m'indicarà sempre com es pot ser dona i sensible i forta alhora. Fins sempre.

Aquí deixo dos petits escrits que vaig llegir per tu l'altre dia. I també el que diu l'Emma avui
I el que deia jo sobre la padrina... fa ja... 10 anys!:

POEMES PER A LA PADRINA (Corbins, 26 /06/ 2017)

Tan vella sóc, deies,
Tan vella, sí, i tan flexible
El teu cos s’anava quedant
Arraconat com una roca
Però la teva ment s’adaptava
Com un riu a tot el que
T’explicaven
Podies entendre qualsevol punt de vista
Qualsevol realitat.
No jutgeu, semblaves dir sempre.
Perdona’ls, que no saben el que fan,
Deies si parlaves d’algú
O que Déu ens perdoni,
Deies si parlaves de tu.
Abans això no era així,
T’havia sentit dir tantes vegades
Abans no hi havia tantes opcions
Ho hagués pogut fer millor
Sempre miraves al passat i al futur
Eres la millor comentarista de tu mateixa
La teva més escrupulosa crítica
Tan estrictament et jutjaves
Com amorosa eres per als altres.
Serà lo que més convingo,
Acabaves dient, davant els misteris.
Aquesta era, sens dubte,
La teva millor frase.

II.

Te vas
Pero estás en los árboles
Su movimiento mínimo casi imperceptible
Su atención serena
Te vas
Pero estás en el mar
En Alicia y Emma
En cómo arquean con suavidad los labios
En cómo habitan el espacio
Y le dan vida
Te vas pero estás en mí
Imborrable
Aparecerás en mis días
En mis noches
Tus ojos redondos seguirán devolviéndome la infancia
La fe en mis gestos
La benevolencia hacia el otro
Tu palabra y tu piel clara
Seguirán alcanzándome un tiempo remoto
Un tiempo memorable
Y siempre presente
Tus orígenes en Corbins
Los estragos de la guerra
Aquellos años de crianza
El padrí y su eterna templanza
Los veranos salados en Salou
Aquellas navidades arropadas
En Lleida
El lento combate diario
Con los males del cuerpo y del
Pensamiento
Pero sobre todo en mí guardaré
Siempre
Aquel tiempo detenido
En dos butacas vueltas una
Sobre otra
Mi mano en la tuya
El calor de la vida
Aquel amor que se sabía
Al filo de lo que termina
De lo que no durará siempre
Y
Por eso mismo
Permanece.

jueves, 25 de mayo de 2017

Maternidades postergadas: Silvia Nanclares



“Quién quiere ser madre” (Alfaguara) es una novela que se lee con fluidez y cuyo ritmo atrapa desde el principio. En ella se relata el deseo de ser madre por parte de una mujer que roza ya la cuarentena, y las dificultades que va encontrando, bien por su situación sentimental, bien por los obstáculos biológicos. A través de un yo confesional, sumado a la ironía, la hipérbole y la acumulación de detalles, se narra con humor la odisea sembrada de minas por la que debe transitar la que desea culminar su deseo pese a todo. La persona que haya conocido una experiencia similar en primera persona o como testigo va a devorar la novela; también quien haya vivido ese miedo a no poder ser madre, un miedo que puede ser paralizante. Tal vez la historia no sea de alcance universal, y el estilo de la novela no va a depararnos una huella imborrable en sí mismo, pues más bien ejerce de vehículo que nos conduce en volandas a través de la trama. Ahora bien, la novela manifiesta el logro de una feliz naturalidad. Y, sobre todo, lo más interesante de “Quién quiere ser madre” es la lectura doblemente política que subyace: por un lado, la expresión de la validez del deseo tanto de ser madre como de no serlo; esto es, el acercamiento a una mujer que toma las riendas de sus decisiones sin limitarse a seguir las inercias; por otro lado, y más interesante todavía, la interpretación crítica de esa coincidencia fatal entre el momento de anhelo de la maternidad con el inicio del declive reproductivo, para muchas mujeres actuales. Nanclares apunta cómo no puede tratarse de un fenómeno casual, sino que de algún modo la sociedad empuja a las mujeres, bajo un supuesto discurso feminista, a postergar todo lo posible la maternidad, mientras gastan sus “mejores años” formando parte activa del engranaje laboral. De modo que la mujer que ha ido postergando la maternidad aun deseándola, priorizando siempre otras metas, hasta que le alcanza la angustia del reloj biológico, puede sentirse estafada, al darse cuenta de que su posible embarazo acaba entrando en el ámbito del mismo mercado que ha secuestrado su biología, y que le ofrece todo tipo de ayudas a la reproducción, terapias alimentarias, etcétera, a cambio de cuantiosas sumas de dinero. Nanclares ha sabido, en fin, desanudar con valentía un tema controvertido y apuntar un punto de fuga por donde puede construirse la mujer contemporánea, más allá del miedo.

Esta reseña se publicó en el Heraldo el pasado jueves 18 de Mayo de 2017

domingo, 7 de mayo de 2017

Un libro de complicidades: "Buenos días, guapa" de Maxie Wander


Este es un libro de mujeres, sí, pero no necesariamente un libro para mujeres, puesto que consigue reflejar la vivencia femenina en toda su complejidad y esplendor. A través de voces de procedencias y edades diversas, accedemos a las historias que cada mujer se cuenta a sí misma, con sus sueños, sus deseos (fallidos o realizados) sus concesiones, sus contradicciones, y presenciamos cómo cada una va construyendo su identidad, en un clima de auténticas confesiones y complicidad femenina. Tal efecto no es casual, puesto que la autora que firma, Maxie Wander, compuso este libro después de entrevistar a numerosas mujeres en un momento histórico determinado, el de los años setenta en la Alemania del Este, con toda la carga añadida allí latente de ideales políticos y empeño de emancipación de la mujer, aunque en la práctica no les resultara tan fácil conciliar lo emocional con la razón. Lo que más sorprende de este libro es que detectamos la individualidad rabiosa de cada una de estas voces, pero a la vez una unidad de estilo que da a la lectura una fluidez excepcional y un calibre perfecto en la extensión de los relatos. Maxie Wander, además de entrevistar y dirigir las conversaciones selecciona, pule, armoniza, hasta convertir cada confesión en un pequeño diamante tallado.
A destacar, las historias de mujeres jóvenes y sin remilgos como Rosi, que afirma cómo se las arregla con su marido una vez aceptados los límites de su relación y también cómo no se considera una mujer según las típicas cualidades “pasividad, dependencia, conformismo, ansiedad, nerviosismo, narcisismo, obediencia. Así que yo debo de ser un hombre al que sólo le falta su rabito”. O Ruth, la joven camarera que idolatra a su padre y tiene amplios deseos de libertad, que desea “saltar al agua o al fuego” y desprecia a los hombres cuando se reblandecen, pero que en el fondo sueña con un futuro más plácido. O las adolescentes Susanne, la menor de cinco hermanos, que explica cómo ha tratado de imponerse en su familia y en el colegio o Gabi, cuyo mundo quedó empañado por el recuerdo de su abuelo. A algunas historias se le dedica mayor extensión, como la de Katja, relato de una médico que explica su largo periplo desde el enamoramiento romántico de juventud hasta su presente de mujer con profesión propia, aunque su amor igualitario presente ya no sea igual de apasionado. Erika, asistente de escena, también sorprende en su historia de empancipación frente a un hombre de miras más estrechas de lo que parecía en un principio. Lena y Margot, docente y científica respectivamente, se plantean la dificultad de dejarse llevar y disfrutar del presente, más allá de la ambición con la que acostumbran a lidiar a diario, y se preguntan en qué va a revertir la fuerza de las nuevas generaciones. Berta y Julia, las más ancianas, explican sus vivencias desde el punto de vista de la pobreza (Berta, que se crió en el campo) y de la riqueza (Julia, que gozó de un mundo poblado de arte y refinamientos). “¿Sabes? –comenta a su entrevistadora- tuve una vida tan rica… y por eso fui yo también polifacética. Ahora lo echo mucho de menos. Aquí no hay más que política, y basta.”

“Buenos días, guapa”, en definitiva, es un libro para disfrutar y con el que dialogar, que nos acompañará durante muchos días.

Buenos días, guapa
Maxie Wander
Trad. Ibon Zoubiaur
Errata Naturae

Esta reseña apareció publicada en el Heraldo el pasado 27 de abril de 2017

jueves, 27 de abril de 2017

Más sobre "Mac y su contratiempo"

El pasado día 19 de abril se publicó esta reseña sobre "Mac y su contratiempo"en la Revista de Letras, donde ahondo un poco más en el análisis de las claves del libro, y en comparación con "Una casa para siempre"

Enrique Vila-Matas ya nos tiene acostumbrados a una literatura que es perpetua puesta en duda del discurso unívoco y continuo reto al lector, que no se puede instalar en ninguna de las concepciones alcanzadas y decirse “ya lo he entendido”, “aquí me quedo”. Cada libro supone un paso más allá o más acá de la obra anterior, y no es casual que haya obtenido el reconocimiento internacional por esa exigente labor.

Pero no esperábamos que esta vez el juego literario viniera dictado por la propia obra anterior, y que de este modo el autor se duplicara en un juego de espejos total, puesto que tras las páginas se transparenta el Vila-Matas actual, con sus preocupaciones, su estética, su voz narrativa, pero también el Vila-Matas joven con su obra disparatada y subversiva, así como el otro yo, el escritor que hubiera podido ser.

Efectivamente, lo que se propone Mac y su contratiempo es la relectura y reescritura de la obra Una casa para siempre, publicada por el mismo Enrique Vila-Matas en 1988; atrevimiento que nos viene a demostrar cómo un texto nunca está acabado y es susceptible de ser permanentemente interpretado y convertido en otra cosa, y también de qué manera la literatura se nutre siempre de textos anteriores, y no existe la originalidad pura. Paradójicamente, el modo radical de gestionar este ejemplo de literatura como repetición y variación hace de Mac y su contratiempo uno de los textos más originales de Vila-Matas. Por cierto, que nadie se llame a engaño, aquí “contratiempo” no se refiere a ningún tipo de peripecia argumental, sino a aquello que hace a una obra incompleta y por tanto cercana a la “literatura de la dificultad” que Vila-Matas reivindica. Así, Mac aspira humorísticamente a sufrir un “contratiempo serio”, como la desaparición o muerte del autor, o sea él mismo, para que la obra pueda ser leída como un póstumo, o hasta un falso póstumo, porque estaría concebida precisamente para provocar esa aura de incompleción necesaria para una literatura que refleje lo translúcido de la realidad. Por otro lado, la novela de la que se parte, Una casa para siempre (aquí, Walter y su contratiempo) versa sobre otro tipo de contratiempo, el del ventrílocuo que consta de una única voz, pero que sin embargo, cuando esta es robada por su “archienemigo”, logra multiplicarse en voces diversas. Y de algún modo es lo que sucederá también en Mac y su contratiempo: a medida que Mac reescribe el texto de otro autor, arriesgándose a perder su “voz propia”, acaba comulgando con un tutum revolutum literario que se disgrega en tantas otras voces.

¿Qué hace que una trama tan sumamente metaliteraria como esta se convierta en un producto no solo legible sino proclive a una lectura alegre, por no decir festiva?

Por un lado, hay que tener en cuenta que en Vila-Matas todo es y no es lo que parece. El protagonista principal, Mac, afirma ser un constructor en paro y un escritor que debuta con un “diario secreto de iniciación”, siguiendo los ecos de Sarraute (Duras, según otras obras de Vila-Matas):

“Escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos”.

Sin embargo, luego comprobaremos que el supuesto diario íntimo permite también la impostura: así, la identidad de constructor se revelará luego falsa; a la par, resultará difícil creer que se trate de un escritor debutante del todo, por más que en algún momento Mac se dedique a desmentir esa posible duda. Por tanto, se trata de una identidad voluble y no del todo fiable, un autor cercano al propio Vila-Matas, en su yo enunciativo y en su ironía, aunque gobernado por la inseguridad del principiante y centrado en una vida de familia que desconocemos en el Vila-Matas real; no se nos dice el nombre “verdadero” de Mac, puesto que este es “horroroso”; y en su complejidad enunciativa parece ejemplificar las famosas palabras de Barthes que también se citan:

“Quien habla (en el relato) no es quien escribe (en la vida), y quien escribe no es quien existe”.

Por otro lado, Sánchez, el autor del que se inspira Mac, es descrito como autor consagrado, otro yo de Vila-Matas en muchos aspectos (incluso se cita algún elemento relacionado con sus artículos) pero henchido de una petulancia desmedida. En cuanto a la obra de juventud de Sánchez, Walter y su contratiempo, mantiene la estructura básica de la novela de Vila-Matas Una casa para siempre, pero algunos relatos han desaparecido, y otros han transmutado, manteniendo la anécdota básica pero cambiando su sentido y hasta su título. En realidad la conexión con la antigua obra de Vila-Matas funciona como una automitografía inversa, puesto que el autor de Walter y su contratiempo, Sánchez, mantiene una relación muy ambivalente con su novela, hasta el punto de sorprenderle haber logrado escribirla “estando tan borracho siempre”, y Mac confirma que algunos fragmentos parecen haber sido escritos “en estado resacoso y huevón”, y llenos de “momentos mareantes”, que Sánchez en su momento justificó ante los críticos como “baches para que se viera que las obras principales de los dos últimos siglos eran obras maestras imperfectas”. (No resultará casual que precisamente sobre Una casa para siempre diga Vila-Matas en su Web que “fue vapuleada por dos insignes y olvidables críticos españoles”). Así que “Walter y su contratiempo” es y no es el mismo libro respecto a “Una casa para siempre”, cosa que provoca en el lector fiel el apetito contumaz de continuar la lectura adelante para comprobar hasta dónde alcanza el juego literario.

Además, el texto nos sumerge en las aguas de lo imprevisto, y es una invitación al arte de la observación, a maravillarse con lo pequeño, como paseantes walserianos. Ya viene a ser habitual en Vila-Matas la injerencia de la anécdota cotidiana (y casi surreal) como contrapunto al tour de force literario. (Como explicó en Barcelona, en la multitudinaria entrevista con Ana María Iglesia para la presentación del libro, cuando alguien le pregunta qué porcentaje hay en sus libros de realidad y ficción, últimamente contesta irónicamente que lo real constituye el 27%.) Pero aquí dicho proceso de acercamiento a lo extraño cotidiano se produce en Mac como un aprendizaje literario intensivo. El artista, nos dice, al salir a la calle tiene que observarlo todo “como si lo ignorara todo” y después ejecutarlo “como si lo supiera todo” y también: “No hay que buscar,” tu vida es “la gran aventura”. (A Vila-Matas siempre le pasan “cosas raras”, confesaba a Ana M. Iglesia, como descubrir que un indonesio del barrio repite frecuentemente: “Ha perdido el Barça. A la mierda Vila-Matas.”).

Y el mismo Mac, cuando sale a pasear (y a escribir), lo mismo se topa con un “peatón cubista” que acaba resultando un antiguo compañero de clase y luego una especie de impostor, como a un “sobrino odiador” del escritor famoso, o mendigos de toda índole, unos que piden con traje, otros que le recriminan dar demasiado; los llega a comparar con los treintañeros y cuarentones que deambulan por el barrio, o a veces hasta se pregunta si son reflejos de su propia imagen; la crisis se hace palpable en el barrio que llama el Coyote (en homenaje al escritor José Mallorquí y sus creaciones) y los desocupados pueden ser tanto literatos desvaídos, adolescentes tardíos o grandes profesionales en paro. En paralelo, la mujer de Mac va tornándose desconocida mientras su historia va entretejiéndose con la historia que se reescribe El humor y la ironía acompañan a todo el paseo literario; las mujeres de Mac y Sánchez les ridiculizan hasta el punto de dirigirse a ellos con palabras como “Arrepiéntete, cabrón” o “¿Estás tonto o qué?”; Mac se muestra irremisiblemente como “alegre y chiflado lector” a la vez que es contrario a toda altisonancia; y se burla del “sobrino odiador”, considerando que su discurso es “completamente de bofetada” cuando habla de una “búsqueda ética” “en su lucha por crear nuevas formas” (Palabras que el propio Vila-Matas ha usado literalmente en algunos artículos suyos).

Más allá de todo ello, podríamos preguntarnos qué aporta “Mac y su contratiempo” como novedad respecto a la obra anterior. Enrique-Vila-Matas siempre ha trabajado de manera metaliteraria, haciendo literatura de la literatura misma, y a menudo partiendo de la obra de un autor para luego acceder a otro lugar; en Doctor Pasavento fue la obra de Robert Walser el detonante, James Joyce y Beckett en el caso de Dublinesca… Pero esta vez, al tomar la propia obra anterior, la densidad intertextual va a configurarse con gran ironía y va a permitir que el lector habitual de Vila-Matas dé cuenta de un sabroso festín.

En realidad, en el proceso de repetición o variación literaria de esta novela se da una doble reescritura o incluso triple. En primer lugar, la novela que lee Mac, Walter y su contratiempo, no es exactamente la novela Una casa para siempre sino otra, aunque muy parecida: sigue siendo un mosaico de relatos que tienen conexión indirecta con la vida de un ventrílocuo; pero aquí, para empezar, todos los cuentos vienen introducidos por unos epígrafes del todo ausentes en la obra de referencia; se han obviado los detalles secundarios alejados; en algunos cuentos (Dos viejos cónyuges, El efecto de un cuento) se mantienen los hechos y cambian solo los nombres de los personajes. Por otro lado, se realzan algunas cuestiones que tienen que ver con el argumento de Mac y su contratiempo, como el tema de las infidelidades amorosas, el trasvase entre realidad y ficción; asimismo, algunos matices quedan ahora subvertidos respecto al original, y aparecen más dramatizados, como la cólera de un hijo hacia su padre en el segundo relato, las quejas explícitas del muñeco del ventrílocuo sobre el trato denigrante otorgado a la mujer; o la mención a una tal “Carmen” que en Una casa para siempre es muy anecdótica y aquí constituye un relato de peso y el germen de las sospechas de Mac respecto a Sánchez y su mujer Carmen.

Otras veces la semejanza entre relatos aparece muy difuminada, como en Algo en mente respecto a Mar de fondo, que apenas tienen en común lo surrealista de los hechos, aunque ahora asegura Mac que bajo esos hechos subyace una historia de amor. Otro cuento, Cómo me gustaría morirme, es sustituido ahora por uno bien diferente: Un largo engaño. La ficción va penetrando lentamente en la vida de Mac, que se encuentra citando frases literales de lo leído por el barrio, tales como “da igual como siga o deje de seguir”, y cuyo nivel de ingesta de alcohol va incrementando, como probable influencia de esa prosa “mareante” con la que trabaja, como van creciendo también las sospechas sobre la fidelidad de su mujer. En esta primera versión de la antigua novela de Vila-Matas, pues, se ha mantenido o modificado todo aquello que pueda contribuir a conducir los hechos de la vida de Mac hacia una dirección. Después, en la reescritura que ejecuta Mac de la novela todo se contagia por su experiencia personal y por la existencia de Sánchez y su sobrino, de modo que decide exagerar el egoísmo del personaje principal o humanizar a su hijo. A partir de aquí se van entrecruzando la segunda versión de la novela vila-matiana y la tercera, que es la vivida. Así, fantasea con la muerte de los posibles amantes de su mujer, y el odio original del que era objeto el protagonista de Una casa para siempre acaba traspasando al propio Mac a través del sobrino de Sánchez. Por otro lado, el binomio realidad- ficción que aparecía en el relato Dos viejos cónyuges se ha intercambiado por la antítesis sencillez-complejidad en su reescritura. La historia se va haciendo minúscula y enigmática del mismo modo que sus referentes, Hemingway y Kafka. En La visita al maestro, que en Una casa… y Walter… iluminaba el futuro del protagonista ventrílocuo, ahora va dando a Mac la clave de que como escritor debe huir y pasar a ser “más personas”.

De este modo, no solo Mac plantea una versión personal de la obra Walter y su contratiempo, que a su vez versionaba Una casa para siempre. Lo divertido es que presenciamos cómo Mac, cual Quijote moderno, progresivamente se ve invadido por la literatura que le rodea; y cree leer en la novela de su vecino referencias a su mujer, cosa que le acaba llevando a tomar por cierta la infidelidad de su mujer en la vida real. Dicho proceso de porosidad entre lo leído y lo vivido había comenzado desde el principio de la novela con la lectura del horóscopo como vaticinio de lo que va a suceder en la realidad, de suerte que el horóscopo –o “puthoróscopo”− se construye como alegoría de la hermenéutica literaria. Al final, y dado que su mujer (personaje decidido que trae ecos de El viaje vertical) solo desea abandonar la realidad cotidiana y lanzarse a otra existencia, Mac se acaba fusionando con la novela que reescribe, así que terminamos leyendo cómo Mac se deja llevar por un viaje hacia Lisboa y luego Evora, Marrakech, Túnez y Yemen, hasta desembocar en una Arabia feliz, donde el magnetismo del relato oral pervive, donde todo resulta “extraño” y a la vez “familiar” y donde se nos insinúa la huida de un crimen, que puede haberse quedado en una mera idea sin realización, o al revés.

Volviendo a la propuesta de Mac, el autor principiante ha logrado su propósito de gestar un producto que no es novela (género que constituye para él una “forma de muerte”) sino un híbrido de cuentos, diario, ensayo y también novela, a su pesar: un espacio total donde va teniendo cabida todo lo que se lee, escribe y sucede.

En cuanto al destino de Mac, el personaje se ha ido viendo rodeado por mendigos que podrían ser él y se ha dedicado a hacer balance de los muertos del barrio, antes de desaparecer él mismo:

“Yo soy uno y muchos y tampoco sé quién soy”, dice.

Su voz se ha acabado confundiendo tanto con la de Walter como con la del “muerto” que le llama; el lector no podrá evitar pregunarse de qué material está hecha la enigmática voz del muerto que llama a Mac desde el final de la obra; tal vez se trate del mismo espíritu de la novela, que era “esa forma de muerte” que se configuraba a pesar de los pesares; tal vez el otro yo muerto, puesto que el libro se proponía quedarse inconcluso y póstumo; quién sabe si el libro que está escribiendo se ha fusionado con el autor hasta el punto de asesinarlo entre sus páginas; tal vez Mac haya alcanzado de verdad la disgregación en otras voces.

Mac y su contratiempo finaliza mostrándonos un paisaje de fuga coincidente con el cierre de Una casa para siempre, un paisaje que es repetición y variación, que es familiar y a la vez desconocido; y que trae ecos de la noción freudiana de “lo siniestro” como paradoja entre aquello desconocido o perturbador (unheimlich) que irrumpe en medio de lo familiar (heimlich), y que tiene tanta relación con algunas armas usadas en la ficción con que se subvierte la unidad del mundo, apariciones, dobles y demás. El doble de Vila-Matas es su propia obra refractada en versiones como espejos desfigurados: una variación tan infinita como impredecible y que incide en lo real y por eso mismo crea desestabilización.

“Es porque no hay original que no hay copia, por lo tanto, tampoco repetición de lo mismo”, se dice, siguiendo a Deleuze.

No queda otra que ser “radicalmente no original”, puesto que desconocemos hasta el origen del mundo, ha afirmado Vila-Matas recientemente en el Collège de France. La coca-cola de cereza reaparece entre el recuerdo y la intertextualidad, mientras el texto se multiplica y bifurca sin que lo lleguemos a aprehender nunca como discurso cerrado.

Mac y su contratiempo perfila, en fin, un engranaje tan ligero como complejo que viene a demostrar más que nunca en Vila-Matas la asombrosa capacidad creadora y metamórfica de una literatura que se refracta sobre sí misma para seguir concibiendo futuros, y que se erige como un camino de riesgo y aventura más allá de cualquier vacío academicismo o insulsa cotidianidad.

sábado, 22 de abril de 2017

Unas cuantas lecturas para el día del libro



En el día del libro, lo que más deseo es rodearme de lecturas que me hagan la vida más bella.
Y por eso quiero aprovechar la ocasión para recomendar algunas de las que me han parecido últimamente más interesantes; no porque crea que mi criterio tiene validez alguna sino por compartir las sensaciones que he tenido, por si a alguien le animan a leer o no leer alguno de estos libros según sus intereses.

La memòria de l'arbre, de Tina Vallès

Una gran novela, ganadora del último premio Anagrama en català. Si os gustan las historias delicadas, donde la mirada infantil tiene una gran importancia, esta es vuestra novela. "La memòria de l'arbre" se compone de un mosaico de escenas (que son como pequeños poemas) que iluminan a golpe de claroscuros las vivencias entre un abuelo y su nieto. El abuelo tiene una enfermedad que el nieto descubre lentamente. Mientras conviven, y a medida que el abuelo pierde la memoria, el legado va traspasando imperceptiblemente hasta el presente del niño, que se empapa de su abuelo como de una lluvia de primavera. Un libro que muestra tanto como insinúa. Dulce, triste, encantador.

Buenos días, guapa, de Maxie Wander

La alemana Maxie Wander compuso un conjunto de relatos a través de las voces de diversas mujeres a las que ha entrevistado. En el contexto de la RDA, mujeres de toda edad y condición desnudan sus deseos y contradicciones más íntimas, desde las ganas de hallar un lugar propio en la profesión como la necesidad sexual no colmada en el matrimonio pasando por las vicisitudes para construirse un futuro en las más jóvenes o la carga de los recuerdos en las más mayores. Viviremos la compañía de estas mujeres como si fueran íntimas amigas, nos compadeceremos de sus historias, nos sonreíremos de sus picardías. La pluma de Maxie Wander selecciona, unifica estilos y ritmos hasta limar esta pieza de lectura apasionante, que recientemente ha traducido Errata Naturae.

Quién quiere ser madre, de Silvia Nanclares

La novela de Silvia Nanclares aborda el tema de la maternidad llegados los cuarenta, con sus dificultades, sus miedos, la odisea en que se sumerge a menudo aquella que ha postergado la cuestión hasta el momento pero que decide es para ella de vida o muerte. De lectura ligera y amena, lo mejor de "Quien quiere ser madre" es la lectura política que da a la maternidad tardía, que en realidad está más relacionada de lo que parece a primera vista con las necesidades del sistema, que potencia que las mujeres consagren sus "mejores años" al mercado laboral, y que posterguen su maternidad hasta el momento en que sea dificultosa, y entonces el mercado mismo les pueda ayudar con tratamientos astronómicos.

París- Austerlitz, de Rafael Chirbes

La última novela del gran novelista contemporáneo Rafael Chirbes, fallecido en 2015, (novela que comenzó veinte años atrás del momento en que decidió culminarla) es sencillamente hipnótica. En ella relata el encuentro amoroso en París entre un joven pintor y un obrero maduro; nunca había leído una novela de amor homosexual que me resultara tan auténtica y descarnada. No aparece aquí ni la idealización ni tampoco el recrearse en los aspectos morbosos. La pasión aparece en su eclosión y en todas sus contradicciones; la sombra del desamor le acompaña desde el principo; la sombra de las diferencias de clase, de estilo de vida (aquí el hecho de que sea un amor homosexual no resulta relevante en los aspectos principales de la historia, aunque sí da un color especial a los detalles). Pero dicha pasión está teñida desde el inicio de la novela por el final del amor, y también por la enfermedad en la que ha sucumbido Michel, el obrero maduro. Desde el final, desde la decadencia, se relata con valentía los claroscuros del amor y la amistad y las contradicciones morales en que la persona debe caer a veces a pesar de los pesares.


En cuanto a libros que aún no he leído pero que me llaman hay muchos... Por ahora solo me atrevo a recomendar mis dos elecciones de este año, cuya lectura estoy iniciando, que han sido:

Tristram Shandy, de Lawrence Sterne. Un clásico moderno que tenía pendiente. Los amigos de mis amigos son mis amigos, que dice el adagio; pues los escritores que mis escritores favoritos aman tienen que gustarme por fuerza. Y así está siendo: la voz del Tristram tiene una textura muy particular, donde se entremezcla lo confesional, el ensayo y el humor más delirante. Promete.

Marta Sanz, Clavícula

De entre la narrativa española de actualidad, "Clavícula" de Marta Sanz me parece uno de los textos más conseguidos. Su tono es intimista, desgarrador pero no exhibicionista ni exuberante: expresa desde lo breve y lo discontinuo. El tema además me resulta muy atractivo: ahonda en las dolencias que a menudo sufren las mujeres y que tienen un origen psicosomático: la historia se construye desde este interrogante. Si todo va bien, "Clavícula" continúa un tema que ya me apasionó cómo trataba Siri Hustvedt en "La mujer temblorosa", pero esta vez de un modo más marcadamente narrativo.

Si alguien quiere continuar con sus lecturas, animo a hacerlo.
¡Felices libros!

viernes, 21 de abril de 2017

La Tarasca: Una leyenda provenzal



Veníamos del sol y de las vacaciones cuando llegamos a Tarascon; los días eran largos como aperitivos al verano; en la piel llevábamos adherido el viento suave y el cielo límpido de la Provenza; los ojos se habían acostumbrado a las colinas redondeadas y a la generosa anchura del río Rhône. No contábamos con que, a la entrada de la población y ejerciendo de centinela del imponente castillo, nos encontraríamos con la escultura de aquel ser monstruoso que llaman La Tarasca. Mitad tortuga, mitad dragón, sus ojos enfebrecidos y su boca entreabierta no auguraban nada bueno.
─ Seguro que es un dragón que asustaba a la princesa del castillo ─aventuró Alma.
─ Sí, contesté yo, es posible ─y miré de reojo al rostro expectante de mi hija, siempre impresionable y propicia al cuento, a un cuento que reconforte y no aterrorice; esperaba algo de mí, que la guiara entre lo turbio de la historia, y sobre todo que le indicara que aquello podía acabar bien, y que de todo eso se podía extraer una conclusión que alegraría aún más los colores de la tarde.
─ Bueno ─improvisé─ ya investigaremos; es posible que la Tarasca asuste un poco a la princesa, pero yo creo que al final se salvará…
─ … ¡porque vendrá un caballero a rescatarla! ─me interrumpió ella, feliz por su deducción.
Y fue en ese instante cuando una aprensión extraña vino a sobrecogerme. ¿Ese es el fondo de los relatos que transmitimos a nuestras niñas? ¿Que bajo cualquier amenaza subyace la promesa de una salvación por mano masculina? Qué cuentos explicamos a un niño, me he preguntado siempre; leedles cuentos, estimuladles, desde bien pequeños, se nos ha dicho hasta la saciedad. Pero contar es explicar el mundo; pero narrar sucesos con sus consiguientes moralejas es introducir en su cabeza unas ideas que van a confluir en su interpretación del mundo, en la forma y color de sus emociones. Mejor contarles historias más actuales, que partan de situaciones cotidianas, sugieren algunos, esas historias antiguas de terror o de religión están pasadas de moda. Sí, para qué llenarles la cabeza de infiernos, de caballeros con espadas y de monstruos, pero ¿vamos a desechar la tradición como caramelo caducado? ¿Y vamos a quedarnos solo con su envoltorio, y seguir celebrando de manera superficial las festividades que enmarcan los años? ¿No queremos también educar a nuestros hijos en la curiosidad por el origen de cuanto nos rodea? ¿No deseamos que puedan interesarse por las leyendas de nuestras tierras o aquellas por las que viajamos? Por qué negarles ese legado. Pero habrá quizás que elegir muy bien la historia, filtrar la ocasión, modificar el hilo narrativo cuando haga falta para que se trence con naturalidad con el mundo emocional de tu hijo. Contadles cuentos a vuestros hijos, sí, diría si alguien me preguntara, de todo tipo, tradicionales, modernos, de la propia tierra y extranjeros, pero dejando que mientras los contéis se adapten al carácter de vuestro hijo, que se amolden a sus días y sus pasos y lo que están preparados para escuchar en la siguiente esquina; que los cuentos les hagan fuertes y les den herramientas para entender cuanto les sucede. Contadles cuentos sí, pero no pasivamente, no limitándoos a leer lo que la letra esconde, sino dejándoos llevar por el relato, y unir las palabras de los libros con aquellas con las que acompañáis al hijo en su camino diario; dejándoos catapultar por el cuento para que la imaginación se dispare y vaya al encuentro del mundo único de vuestro hijo.
Desde que Alma cumpliera dos años y empezara a interesarse por las historias ya me había tenido que enfrentar a ese reto de recreación constante de los cuentos; quería conocer la leyenda de Sant Jordi después de que hablaran de él en la guardería; pero pronto le daban miedo el dragón y la sangre, así que empezaba a modificar la historia al hilo de su rostro, primero con sutileza, después ostensiblemente. En el mundo de Alma el dragón se hacía amigo de la princesa y jugaban al escondite; la chica de la caja de cerillas no moría sino que iba al cielo volando con su abuela; barba azul poseía un castillo lleno de tesoros y aprendía a compartirlos con todas sus amigas.
De modo que aquella tarde, cuando entre el azul refulgente de Tarascon nos hallamos frente a la Tarasca y el rostro de Alma volvió hacia mí sus ojos verdes, aguardando el final de la historia, algo en mí saltó como un resorte:
─ Tal vez la princesa no necesite que la salve un caballero. Tal vez puede salvarse a sí misma.
Lo había dicho sin pensar y me sorprendió mi propia contundencia. Frente a mí, los rostros de Alma y Edna parecían acompasar mis palabras, sus ojos perspicaces riendo, las piernas vivaces y los desordenados cabellos meciéndose al son del viento provenzal; y yo sonreí como ellas y como ellas me puse a imitar el rugido de la tarasca y el brazo de princesa que viene a someterla, y me dije que era eso, exactamente eso, que daba igual la historia que explique, mientras no les transmita miedo ni la idea de que necesitarán nunca a nadie para seguir adelante.
Poco después continuábamos nuestro deambular por Tarascón, convertidas en amazonas rústicas que se asoman al cauce desierto del Rhon, otean el horizonte del castillo entre los árboles, cabalgan por las calles empedradas y ventanales coloridos repartiendo sonrisas desafiantes, ascienden por todos los pilones y escaleras a su alcance, intrépidas. Los pasos alocados de Edna nos guiaban hacia el corazón laberíntico de aquella población, siempre adelante, sin mirar atrás; la voz delicada de Alma que jugaba al perrito mimoso lograba que perdiéramos la noción del tiempo. Y, cuando parecía que ya Tarascon había descubierto todos sus secretos para nosotros, cuando ya volvíamos de vuelta hacia el aparcamiento, pasamos por una calle de portales abovedados donde nos entretuvimos a mirar los escaparates ahora cerrados; y, de repente, allí estaba: la Tarasca, en su versión de figura popular; esperando su momento para salir a desfilar en las festividades correspondientes. Sus ojos eran desafiadores y cómplices a la vez. Junto a ella, en seguida descubrimos otra figura, la de un caballero de rasgos suaves y pelo largo… ¿o sería una mujer que ejercía de caballero? Pero al fin lo encontramos: un cartel explicaba la historia completa de la Tarasca. Y la sorpresa fue mayúscula al comprobar que nuestra imaginación nos había llevado cerca, muy cerca de la verdadera historia –si es que podemos llamar verdadera a una leyenda. Pues la Tarasca era efectivamente un monstruo legendario que devastaba el pueblo, devoraba a los niños, sembraba la confusión; el pueblo entero había rogado por que alguien viniera a ayudarles. Y fue una mujer, Santa Marta, la que oyó sus ruegos y quiso interceder por ellos. Y lo hizo a su modo: se acercó al monstruo sin armas y le dirigió palabras suaves y reconfortantes, tras lo cual la Tarasca se volvió un animal dócil y amaestrado. Santa Marta tomó una cinta lila y la Tarasca introdujo en ella su cabeza y se dispuso a pasear en su compañía. La fascinación hizo mella en mi hija Alma, que pasó el resto del día jugando a que yo era una Tarasca feroz y ella era Santa Marta que ponía una mano en mi lomo y hacía de mí su dulce perrito.

Este Sant Jordi tal vez imaginaremos que la princesa le pide a Sant Jordi que no se preocupe y busca el amparo de su amiga Santa Marta; juntas, con sus voces almibaradas, amansarán pronto al dragón, e invitarán a dragón y caballero a leer más libros y pelear menos; después saldrán en su compañía a recorrer las calles más allá del castillo, a inundar su vista de flores, a atravesar el mundo sin huella alguna del miedo.